La nicotina es una asesina. La marihuana es una hierba sana

Una triste historia de Juancho Colate. Cuando cumplí catorce años, decidí convertirme en un macho, en un machote, vaya. Así pues, sin cortarme un pelo me dirigí a mi proveedor habitual y le dije mirándole sin compasión a la cara: “Deme el Guerrero del Antifaz de esta semana, y un bisonte”. Porque todos los machotes de las películas, y los de mi barrio también, fumaban sin parar, y yo no iba a ser menos. Me fumé el Bisonte, y cuando horas después pude comprobar que ya no estaba mareado, ni amarillo, ni vomitaba ya, me fui a casa, me metí en la cama y juré por el virgo incorrupto de Ava Gardner no volver a fumar en mi perra vida. Fijaos, queridos niños y niñas, si me sentó fatal aquel primer -y lejano- cigarrillo. Pero unos días después, un amiguete montado en el dólar me invitó a un Chesterfield. ¡Ay! ¡Dussse tentasssion, un truj americano y con boquilla! Mas había jurado por el inmaculado prepucio de Orson Welles no volver a fumar y soy hombre de palabra. Ya iba a decir ¡No! ¡Una y mil veces no!, a aquella peligrosísima invitación, cuando apareció Purita y Marujiña, que estaban muy apetitosas. Pero en aquellos tiempos tan duros (cuando hice la mili, mi reemplazo fue el primero en ir con trabuco en vez de con lanza) no te comías una rosca si no eras muy macho, y todos los machotes fumaban. Aquel segundo cigarrillo de mi vida también me mareó, pero ya no vomité. El tercero ni me mareó siquiera. Así inicié yo mi brillante carrera de machote, y conseguí un cierto renombre gracias a mis esfuerzos: al finalizar el servicio militar en el glorioso ejército español, ya me fumaba un paquete diario de rubio inglés o americano. Me había convertido en un nicotinómano sin saberlo, aunque tampoco es para tanto: más de la mitad de los soldados de mi compañía terminaron sus deberes para con la patria brutalmente alcoholizados y enganchados al calimocho. Y así iba uno tirando hasta que llegó la autoridad -en este caso sanitaria- y, ya se sabe, cuando llega la autoridad necesariamente provoca una catástrofe. En este caso las autoridades -sanitarias- nos comunicaron a los fumadores que estábamos condenados a muerte y podíamos elegir entre varios métodos de ejecución, aunque los más exitosos eran el cáncer de pulmón y el infarto de miocardio. En cualquier caso los verdugos siempre eran los mismos, la nicotina asesina y sus sicarios los alquitranes. Y por si todo eso no fuese suficiente, las autoridades sanitarias nos advirtieron de que, con el excedente de venenos que producíamos al consumir tabaco, transmitíamos nuestra infección a inocentes fumadores pasivos. Desde entonces la sociedad nos considera, a los nicotinómanos, unos seres tan despreciables como peligrosos, pues según la autoridad un fumador es un suicida real y un asesino virtual que ha hecho del humo un arma mortífera. Ved y tomad ejemplo, jovencitas y jovencitos, a dónde conduce el execrable vicio del tabaquismo: ahora ya no soy un macho, ahora soy un paria. Así pues, fumando espero que llegue mi hora y muera linchado por un comando de fumadores pasivos. ¡Menos mal que el estado nos mima! Yo no tengo ningún problema para conseguir dos paquetes diarios de tabaco, al contrario, la Tabacalera Española me ofrece una amplia gama de venenos, y además con la garantía del Estado. Me puedo ir matando poco a poco con rubio o negro, para liar, de pipa, liados con papel o envueltas las hojas en forma de cigarros o puros. El tabaco también puede ser bajo en nicotina o normal, hebra o picadura, con filtro o sin filtro, en paquete duro o blando, en bolsas de plástico o en latas. Nacional, de importación y, en las bocas del Metro, Winston de contrabando a dosssientas. Uno puede comprar tabaco en los estancos, quioscos, puestos de golosinas para tiernos niños, bares, restaurantes, drugstores, estaciones de servicio, estaciones de ferrocarril, áreas de servicio, puertos, aeropuertos. La lista de locales donde los camellos te pasan tabaco sería interminable, insisto, el género cuenta con la garantía del Estado, quien a cambio lo grava con el Impuesto sobre las Labores del Tabaco. Hasta por envenenarte te cobra el estado, aunque ya hemos visto que el servicio es excelente, tanto que a veces pienso si el estado no tendrá ganas de verme muerto de una puta vez por un infarto, un cáncer de pulmón, o degollado por un comando integrista de fumadores pasivos. Sin embargo, hay algo mucho más inquietante. Veámoslo. Es cierto, nadie duda hoy de los graves efectos del tabaco, pues rigurosos estudios médicos así lo han demostrado. Del mismo modo, ninguna investigación rigurosa ha conseguido demostrar que la marihuana provoque trastornos en el organismo, incluso tiene interesantes propiedades curativas. Mientras la nicotina es una asesina, la marihuana es una hierba sana. Y ahora viene la pregunta del millón: ¿Por qué, papá, el Estado da todo tipo de facilidades para fumar tabaco y si me pilla liando un canuto de maría me pone sesenta mil pesetas de multa? Si lo que teme el estado es que los fumadores de tabaco se pasen en masa a la sana marihuana, lo que le supondría un grave quebranto en la recaudación del Impuesto sobre las Labores del Tabaco, mi modesta propuesta es que el estado cree la Marihuanera Española, y que la maría se venda junto al tabaco en los estancos, eso sí, gravada con el Impuesto sobre las Labores del Cannabis. Si el estado no toma en consideración mi modesta propuesta, consideraré que, en efecto, a la Autoridad no sólo le importa un carajo que yo la palme, sino que además tiene ganas de tocarme los cojones.